El día se despierta deprisa. Nos levantamos (lo apreciamos) renovados. En el patio nos esperan Jöel y una nueva furgoneta (que no una
furgoneta nueva) para poder ir todos juntos a Porto Novo, la capital de Benín. Son 35 kms., pero una vez en carretera da la sensación de que son elásticos, se nos hacen muchos más. Los desplazamientos aquí son lentos.


En principio, la capital oficial del país se presenta ante nosotros bastante menos agresiva que Cotonou. Tiene aspecto de ser más relajada, no hay tanto bullicio. Yo diría que es más romántica. La entrada la hacemos a través de un hermoso palmeral, y las calles tienen un aire un tanto diferente, quizás como consecuencia de la colonización portuguesa que ha habido aquí (y que ha dado lugar al nombre de la villa). Hay un gran mercado.
Mientras circulamos entre un mar de motos me da tiempo a pensar que hay viajes que nacen de la nada, sin intención. Incluso es posible
encontrarse con ellos por casualidad, en medio del camino, inesperadamente. Pero, en nuestro
caso, no es así. Yo me puse hace tiempo en contacto con Romeo y con Destino
Benín porque me apetecía conocer la realidad. Después de mi incursión por
Senegal quería saber cómo era realmente África, sin adornos, sin focos, sin
trampas.
En contra
de lo que me ha sucedido en otras ocasiones, en las que voluntariamente
procuraba lanzarme al camino con los ojos lo más cerrados posible, aunque nunca del todo, el principio
de este viaje arrancaba mucho antes de subirnos al avión, mucho antes de cerrar
la puerta de casa con ese tono inevitable del que piensa que se puede estar
dejando atrás algo que le pueda hacer falta, mucho antes de ponerse a preparar
el equipaje. Posiblemente aunque cierres los ojos en primera instancia, todos los viajes arrancan cuando nace la intención, cuando la
imaginación empieza a darle forma a lo que hasta ese instante son sólo
palabras, nombres, ideas. En ese momento empieza el viaje a ser de carne y hueso. Después,
por suerte, la realidad siempre es distinta. De Benín, como de cualquier otro
sitio, nos faltaban los colores, el tacto, el ritmo, los matices, la
proximidad. Ahora, lo tenemos todo enfrente, lo tocamos, lo paladeamos, lo sentimos, lo olemos. Ahora tenemos ocasión de apreciarlo
con todos los sentidos. Lo que está delante de nosotros es, ni más ni menos, que la realidad africana. Y está desnuda. Inquietante,
sorprendente y todo lo contrario. África sin filtros, cara a cara.
En principio, la capital oficial del país se presenta ante nosotros bastante menos agresiva que Cotonou. Tiene aspecto de ser más relajada, no hay tanto bullicio. Yo diría que es más romántica. La entrada la hacemos a través de un hermoso palmeral, y las calles tienen un aire un tanto diferente, quizás como consecuencia de la colonización portuguesa que ha habido aquí (y que ha dado lugar al nombre de la villa). Hay un gran mercado.
Vamos directamente al Centro Songhai, una especie
de ciudad experimental integral que se autoabastece y asume en si misma todas
las diferentes etapas del proceso productivo. Fue puesta en marcha hace 28 años
por un padre dominico nigeriano que trabajaba en la Universidad de California. Queremos conocer de cerca cómo funciona. Jöel trabajó aquí hace unos años. Tenemos que esperar un poco para entrar.
El centro Songhai pretende ser una clave para el desarrollo africano y un ejemplo a considerar en cuanto al aprovechamiento de los recursos. El objetivo es promover las áreas rurales como polos de desarrollo integrado, crear ciudades rurales que sean auténticas zonas empresariales y que puedan autogestionarse. El centro está obteniendo buenos resultados y el modelo ya ha comenzado a extenderse por otros países de África. Todo lo que en Songhai se produce, se comercializa y se distribuye desde allí mismo. Fundamentalmente la producción es agrícola, pero también hay animales (peces, aves y mamíferos) e incluso maquinaria. También producen energía solar y biogás. La fórmula la han ido implantando en otros lugares del país.

Nos hacen una presentación del centro, del funcionamiento y de las distintas dependencias, que recorremos con un guía. Nos explican cómo funcionan las diferentes secciones y los logros que, en cada caso, se han ido consiguiendo. A la salida, compramos algunos productos fabricados allí, jabones, siropes, zumos, yogures. Todos naturales y de excelente calidad.
El centro Songhai pretende ser una clave para el desarrollo africano y un ejemplo a considerar en cuanto al aprovechamiento de los recursos. El objetivo es promover las áreas rurales como polos de desarrollo integrado, crear ciudades rurales que sean auténticas zonas empresariales y que puedan autogestionarse. El centro está obteniendo buenos resultados y el modelo ya ha comenzado a extenderse por otros países de África. Todo lo que en Songhai se produce, se comercializa y se distribuye desde allí mismo. Fundamentalmente la producción es agrícola, pero también hay animales (peces, aves y mamíferos) e incluso maquinaria. También producen energía solar y biogás. La fórmula la han ido implantando en otros lugares del país.
Nos hacen una presentación del centro, del funcionamiento y de las distintas dependencias, que recorremos con un guía. Nos explican cómo funcionan las diferentes secciones y los logros que, en cada caso, se han ido consiguiendo. A la salida, compramos algunos productos fabricados allí, jabones, siropes, zumos, yogures. Todos naturales y de excelente calidad.
De Songhai nos vamos a comer al hotel
La Capitale. Leontine, la dueña, ha estado en Madrid en Fitur, es amiga de
Romeo y nos quiere invitar. La comida es exquisita y abundante: Primer plato de
ensalada a base de lechuga, tomate, cebolla, pepino, zanahoria y atún. De segundo
arroz con carne de ternera en salsa, acompañado de plátano frito y patatas.
Postre, manzana. Café. Nos acompañan a hacer un recorrido por las diferentes dependencias del hotel. Nos enseñan habitaciones, salas de reuniones y terrazas. Después, antes de marchar, nos hacemos una foto colectiva.
Al terminar nos acercamos a hacer
una visita rápida al Centro de Acogida Don Bosco, que tiene mucha relación con
España. Les hacemos entrega de unos balones de fútbol. Se dedican a la
integración de niños de la calle y los talleres de madera que visitamos tienen
unas buenas instalaciones. No nos entretenemos porque queremos ver alguna cosa más antes de marcharnos de Porto Novo.
Se nos ha ido pasando el tiempo casi sin darnos cuenta. Romeo anda un poco apurado pensando en el regreso porque dice que si lo hacemos
tarde será un poco caótico por la saturación de tráfico que se puede producir.
Hacemos una parada en el Museo
Etnográfico para saludar al director de la tesis que está haciendo Jöel acerca
del traje (me resultó muy curiosa la introducción del trabajo, en la que comienza diciendo
que lo que diferencia a los humanos de los animales es el traje) y, a renglón
seguido, nos metemos con ciertas prisas a visitar el Jardín de las Plantas y de la Naturaleza, en las
inmediaciones del Parlamento. El estudiante que nos lo enseña nos hace ver las
características de muchos árboles para nosotros desconocidos y se para
especialmente en especies botánicas un poco raras, así como también en aquellos árboles que se consideran sagrados o bien a los que se tiene gran respeto, como el iroko, la palma, el
baobab, el árbol del viajero o el cacao. Algunos monos nos van acompañando libremente, saltando
de rama en rama mientras hacemos el recorrido.
Matilde aprovecha para echar un pitillo. Es curioso, pero en Benín no tienen costumbre de fumar, no se ha introducido el vicio, no es habitual. Es rarísimo encontrar un paquete de tabaco y yo creo que, hasta ahora, podrían sobrarnos los dedos de una mano para contar las personas que hemos visto fumando. Una suerte para los ciudadanos y para la sanidad del país.
El regreso a Cotonou es una
auténtica locura por la cantidad de tráfico que se acumula conforme nos vamos
acercando a la ciudad. Un enjambre de motos, un caos circulatorio y la
contaminación bestial que hay en el ambiente, hacen que se convierta en una pesadilla interminable el camino de vuelta a casa. La contaminación es salvaje. A todas luces resulta excesiva, teniendo en cuenta que
no hay calefacción ni industria y que el parque automovilístico es escaso. Es
verdad que la concentración de motos es importante, pero no parece suficiente para explicar el fenómeno. Posiblemente haya que achacarlo a las adulteraciones de las gasolinas. Un a de las cosas que llama la atención en Benín es que hay un puesto con gasolina y gasóleo cada pocos metros, tanto en
la ciudad como en las carreteras. Sin duda es una de las actividades
comerciales que más prolifera. Esas gasolinas cuestan mucho menos que las que se
venden en las gasolineras oficiales (en éstas, que están vacías, el precio se acerca a los 800
francos y en aquellas oscila entre los 400 y los 500). La gasolina la suelen
comprar de estraperlo en Nigeria (a muy pocos kilómetros de Porto-Novo) y la traen en motos
pequeñas, cada una con 15 ó 20 bidones. Como la policía les puede parar y sancionarles, algunos
se han entretenido en “tunear” su scooter, poniéndole dos ruedas detrás y añadiéndole dos
grandes depósitos. Así la policía no les puede decir nada porque lo que llevan es gasolina para su moto.
Por fin llegamos al hotel Para Mondo. Yo me pego una ducha que me
desintoxica, me reconforta y me hace olvidarme de las fatigas del regreso atosigante. Jöel
nos sorprende con unos yogures que ha traído en secreto de Songhai sabiendo que
nos habían encantado. Les gusta mucho esto del regalo sorprendente. En cualquier momento te aparecen con algo que no te esperabas. Tomamos los deliciosos yogures para cenar, con unos cacahuetes dulces que
baja Romeo de la habitación y unas cervezas Castell. Al poco rato llega Rachel, la
modista, a traer los vestidos de Priscila, que nos hace un pase de modelos. Uno de ellos le queda de maravilla y
el otro tiene que llevárselo de nuevo para hacerle una pequeña modificación.
Lo de los trajes también tiene "su tela" (y nunca mejor dicho). Para hacerse un traje se compra en cualquier sitio el tejido (la tela de mejor
calidad viene a costar unos 10.000 fcfas, unos 15 euros, y tiene 5,6 metros). Después, vas a la modista o al sastre (o vienen ellos) para tomarte las medidas.
Por regla general en un día te lo traen acabado. En función del tipo de traje y
de las prisas, la confección a medida puede variar un poco pero, un precio
medio pueden ser los 2500 fcfas, algo menos de 4 euros.
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